La ingesta de productos alimenticios con cannabis

Comida. Qué placer. Cómo nos gusta comer a la mayoría de nosotros. Comer es una necesidad básica para la supervivencia. Hemos de comer varias veces al día para mantenernos saludables. Y cómo no la cultura cannábica también ha hecho evolucionar la gastronomía cannábica. No en vano, en los estados de los Estados Unidos en los que el cannabis está legalizado existe una potente industria dedicada a la comercialización de productos alimenticios que contienen los principales psicoactivos del cannabis. Os haríais cruces de todos los productos ingeribles que contienen cannabis que se comercializan.

Basta con ir un buscador de Internet y poner «lo que queráis» + cannabis». Os aparecerá una multitud de resultados. Encontraremos de todo. Desde el pollo con cannabis hasta la pizza cuatro estaciones cannábica (con cuatro variedades de marihuana), pasando por todo tipo de repostería y gominolas (los ositos de goma son célebres en estados como Colorado). Todo un submundo de placeres, pero también de riesgos.

Las vías de administración del cannabis son diversas. La más clásica y popular es la fumada. ¡Qué porros de palmo se hacía Bob Marley y toda la patulea rastafari!, pero también hay otras que poco a poco van cogiendo fuerza, como por ejemplo, la tópica (aplicar una crema, ungüento o aceite sobre la piel), muy popular entre aquellos que utilizan el cannabis con finalidades terapéuticas. La vaporizada, ya han pasado muchos años desde que salió al mercado el mítico Vulcano®; por esto, cada vez más, encontramos gente que utiliza multitud de utensilios para vaporizar con la finalidad de evitar el tabaco y reducir los riesgos de la combustión propios de la vía fumada. Y también, la vía oral, es decir, comer cannabis. Pero bien sabemos que comérselo, así a palo seco, es un poco desagradable, por no decir salvaje, a pesar de que, en el imaginario colectivo de los viejos fumetas todavía está viva la imagen de comerse un yogur mezclado con hachís “apaleado” recién quemado (¡qué dolor de barriga!). El modo más recurrente para utilizar la vía oral es cocinar el cannabis con dulces, ya sean pasteles, magdalenas o también con leche y mantequilla porque el cannabis no es hidrosoluble, pero sí liposoluble; esto quiere decir que los cannabinoides se adhieren muy bien a las grasas de los dos productos lácteos, lo que permite una absorción más eficaz.

La cuestión de la eficacia y el tiempo de absorción es fundamental a la hora de hacer un consumo sensato para minimizar los riesgos de la vía oral. No podemos comparar la vía fumada con la vía oral. Si lo hacemos, saldremos malparados. La vía fumada tarda pocos segundos entre que damos la calada al porro y empezamos a notar sus efectos, unos efectos que pueden durar entorno a las dos horas, o incluso más, todo depende de la dosis y la carga psicoactiva del cannabis consumido. Además, la vía fumada es muy poco eficaz. Existen diferentes estudios científicos que apuntan a que de todo el THC que hay en un porro solo entre un 10 y un 30% es absorbido por nuestro cuerpo (en ciertas condiciones se puede llegar a un máximo del 50%). La vía oral es totalmente diferente. Nada que ver. El tiempo entre que se come el preparado cannábico y se empiezan a notar sus efectos es de unos treinta minutos, que se alargan hasta las dos horas y con unos efectos que pueden durar más de seis horas. Y la eficacia de la vía oral. Ay, ¡cómo lo aprovechamos por esta vía…! ¿Cuánto diríais que se aprovecha, si con la fumada llega a un máximo del 50%?, ¿Qué?, ¿También a un 50%?, ¿A un 70%?… Pues llega a más del 90%. El estómago es más eficaz que los pulmones, por la sencilla razón de que en los pulmones solo le dejamos unos pocos segundos para que absorba el THC antes de expulsar el humo, mientras como ya os podéis imaginar, una vez tenemos el trozo de pastel cannábico en la barriga, el estómago empieza el proceso de absorción. Lento, pero sin pausa, a menos, claro está, que nos provoquemos el vómito. Aunque la absorción es mayor, la metabolización hepática hace que la biodisponibilidad sea relativamente menor, es decir, no todos los cannabinoides nos llegan al mismo tiempo al corriente sanguíneo. ¡Menuda suerte!

Por estos dos motivos debemos ser muy cuidadosos con la ingesta de alimentos con contenido cannábico. La falta de regulación provoca que el mercado de los consumibles cannábicos sea toda una incógnita. No sabemos qué dosis contiene cada una de las raciones de comida. Por esto, es una práctica básica para reducir el riesgo desestimar cualquier producto alimenticio cannábico cuyo contenido y dosis desconozcamos. Si el contexto, las ganas de pasarlo bien, y todas estas cosas de la presión de grupo, nos hacen decidirnos a consumir, la prudencia será siempre la mejor aliada. Primero de todo tenemos que preguntarle a nuestro anfitrión, o vendedor, qué tipo de hierba o hachís lleva el pastel (o cualquier otro preparado). Quien ha cocinado el pastel nos puede dar una buena explicación que nos sirva de orientación. ¡Pero ojo! Que la vida está llena de graciosos, o de fumetas con mucha tolerancia. Lo que para ellos es una ración pequeña para nosotros puede ser una dosis alta, muy alta. No hemos de olvidar que el 50% de las 4.293 urgencias hospitalarias por consumo de drogas (sin contar alcohol) que hubo en el año 2017 en el Estado español fueron por cannabis, la inmensa mayoría de estas por comer productos cannábicos. Por esto, siempre tenemos que ingerir un trocito y esperar al menos dos horas para saber cómo reaccionamos. No hemos de ser impacientes y pensar que esto “no sube” después de pocos minutos. Y como no sube, volvemos a comer. Al cabo de dos horas, podríamos tener una sorpresa muy desagradable. Despacito y buena letra. Y sobre todo y muy importante: no debemos comer con hambre. El hambre hay que aplacarla con alimentos sin cannabis, si nos saciamos con productos con cannabis los resultados pueden ser del todo inciertos. Una de las consecuencias más desagradables que podemos experimentar es un ataque de pánico; para entendernos, cuando la dosis es excesiva podemos tener sensaciones de ansiedad extrema que nos pueden hacer pensar que nos moriremos o que nos pasarán cosas terribles. El ataque de pánico es una de las situaciones más desagradables que puede vivir una persona que consume cannabis. Evitarlo está en nuestras manos.

A la espera de un mercado regulado que ofrezca productos alimenticios cannábicos con todas las garantías sanitarias, la opción de cocinarnos nuestros gourmets cannábicos será la opción más segura y factible. En esto, también aplica la prudencia. Hemos de saber exactamente qué concentración de THC lleva cada gramo de hierba que cocinamos. Es difícil saberlo a ciencia cierta sin pasar por el laboratorio, a pesar de que existen servicios de análisis que, si no son gratuitos, casi. Si no contamos con ninguna garantía de ningún laboratorio, al menos debemos saber de qué variedad de cannabis se trata, pudiendo así realizar una estimación. Los bancos de semillas acostumbran a ofrecer el porcentaje de THC que llevará la marihuana. Esta información nos será de valor para cocinar: hemos de tener presente que debemos poner tantos gramos de THC por cada ración. Y si no estamos seguros de ello, mejor, de nuevo, aplicar la prudencia. Más vale quedarse corto que pasarse. Bueno, podéis hacer lo que queráis, pero a mayor temeridad mayor posibilidad de tener un mal viaje cannábico. ¡Buen provecho!

2020-09-22T15:17:48+00:00

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